rebenque

Thursday, November 30, 2006

 

Ni tú ni yo.

Salió del bar con la firme decisión de poner en tela de jucio si debía o no debía llamar a alguien por teléfono. Posiblemente sus amigos tendría algo qué hacer para ganar unos dineros. Vio pasar a una muchacha con un muñeco en los brazos. Le hablaba. Vio sus convers mugrosos y comenzó a seguirla. La muchacha hablaba con su muñeco sin pronunciar una sola palabra. Juntos, ella y el muñeco, hablaban mal de la gente y señalaban para juzgarlos a todos por una razón profundísima que debía estar haciendo nido entre sus convicciones futuras de mujer devora hombres. El autor la alcanzó en el semáforo com hombrecito andando en color verde. La miró. Ella suspendió el circunloquio con lo que resultó ser una muñeca viejísima con los ojos blancos de la fricción añeja contra las sábanas. La muchacha debía sentir la mirada del autor, por sobre su hombro, por sobre el aire escandaloso del centro. De pronto, la muchacha cerró los ojos y se entregó a la calle como una loca. Los coches mentaban madres, uno de ellos quedó a centímetros de la mujer. Las miradas se concentraron por un momento en la chica, el autor pensó en el morbo gratificante de sentir de nuevo la vida en situaciones completamente gratuitas y fútiles; se acercó a la muchacha para sacarla del arroyo ante un conato de bronca. Tomó su brazo para alejarla del altercado y saber qué demonios pensaba cuando bajó de la banqueta de esa manera, qué hacía, si necesitaba ayuda; pero cuando la chica tocó la banqueta de nuevo abrió los ojos y continuó hablando con su muñeca para agradecer al autor su gesto de preocupación. El autor preguntó por su nombre, pero la pareja extraña seguía en un diálogo trascendental que bien podía haber significado la señal de sus días, el anuncio de que regresara inmediatamente a su cuarto para abandonarlo todo (como si para no regresar fuera necesario un titubeo que llevara el logotipo de las decisiones tajantes). Pero todo el misticismo y azar de la vida se habían ido en la máquina que había vendido, así que dejó las interpretaciones y miró a la pareja telepática mientras se perdián con más personas en la calle.

Pensó en su diario y en las colillas de cigarro que dejaba por todos lados cuando fumaba. En el lado contrario de la acera miró la entrada de una iglesia cerrada ya varios años atrás. Regresó a mirar su lado de la banqueta y leyó "se solicita hombre para trabajo de oficina". Sería mejor comenzar a trabajar de una buena vez. Se tocó los huevos para saber si todo estaba en orden. Imaginó el diálogo. Imaginó a la gente. Imaginó tener el poder del niño de la Dimensión Desconocida que logra, por un momento desaparecer al mundo.

Tuesday, November 28, 2006

 

El bulto

Después de muchos días el sol se había vuelto una especie de ente extraño para el autor. Tantos días encerrado no le habían dejado marcas de bronceado por ningún lado. El dinero se había agotado y la máquina de escribir había salido de la casa. Seguía llamando máquina de escribir la computadora portátil. Y sin embargo no podía quejarse demasiado. Había ganado la intimidad de una mujer y un olor distinto a sexo. Recordó su impresión la primera vez que su humor cambió a causa de las cogidas con su primer novia, la manera en que apestaba a su vagina aún después de bañarse. Debía salir de ahí.

Dulce llegaría más tarde. No había comida y el dinero no aguantaría más de dos o tres semanas. Aún así buscó un bar para meditar el futuro. Se dio una ducha con agua fría y salió con la decisión de ver qué pasaría ahora. Llegó a un bar en medio de casas de música. El sonido de una calle semejante parecía una fiesta ebria en la que todos los músicos se miran sin escuchar al otro y bajan del escenario por más alcohol para luego seguir exprimiendo su instrumento como si se tratara de animal independiente. El bar tenía las paredes pintadas de un verde viejo que aún se vendía para sorpresa del autor. Le dijeron "joven" y pidió una cerveza oscura. Abrió el periódico para encontrar trabajo. Venta por teléfono. Maquiladoras. Agentes de venta. Un maestro de computación. Masajes. Esa no sería una mala idea. Podría hacer algo que le gusta y al mismo tiempo tendría tiempo para pasear, conocería gente nueva y tendría más cosas en qué pensar. Pero inmediatamente le vino la imagen de una señora poderosa y amargada. Su cuerpo no podría estar tan dañado porque la vanidad de la socialité le habría hecho gastar una fortuna en emplastes y ginecólogos. Tuvo la visión del lifting vaginal en una señora de cincuenta años con dos perros negros enormes. El zumbido de su oído izquierdo regresó. Del pantalón sacó un cuadernillo en el que comenzó a rayonear algún dibujo. "Aquí tiene su cheve, joven". Miró a la calle y pensó en la ruleta rusa. ¿Cuándo terminarían estos pensamientos destructivos? ¿Serían pensamientos destructuvos? ¿Necesitaba a las mujeres para que le diera algo de sutileza a su vida? Alguna vez una mujer, a quien intentaba fornicar por primera vez, le dijo que él mismo debía disfrutar su cuerpo; ella misma se pasó sus manos por los senos y el cuello para darle una muestra de autoerotismo. La cerveza estaba helada.

Saturday, November 25, 2006

 

Confiancitas

Quería una confesión. Cuando preguntas cualquiera de esas cosas delicadas con la mano secándote la entrepierna y los ojos de ella en tu pubis, sabes que así se miden las confianzas, pensó el autor. Le dijo que cualquier confesión a estas alturas serviría de algo. Ella se le quedó mirando al pubis mientras él levantaba los brazos para secarse las axilas. Así, sin decir nada, ella abrió las piernas, se acercó al borde de la cama y comenzó a buscárse el clítoris con los dedos humedecidos en saliva. El autor siguió pasándose la toalla por el cuerpo. Por un momento trató de hacer una comparación entre esa vagina y las demás. Cuando una de aquellas, que podían contarse con los dedos de una mano cercenada en un charco grasiento, sintió curiosidad por saber si su cosita era distinta a las demás, él tuvo que pensar rapidísimo, hacer un recuento que no fuera muy largo para evitar herir susceptibilidades. Cuando coges (porque faire l'amour es un galicismo) es cuando más susceptible de ser jodido eres. Una palabra fuera de lugar puede costar la repetición honerosa de una actitud que taladrará tu respeto por el resto de la vida. A menos que seas psicomago.

El autor pensó en otras vaginas. Unas tenían la carne muy pegada al hueso; otras, a pesar de que la mujer fuera delgada, tenían carne suficiente como para hacer cambiar de opinión al contemplante y pasar horas mordiéndola, sorprendido de ese placer acolchonado, la mano de ella sintiéndo sus labios mientras el hombre se atraganta.

"Mi amor, tu vagina es riquísima", le dijo el autor a la preguntona remembrada (remembrada porque en el recuerdo del autor, ella tenía de nuevo el animal adentro mientras Dulce lengueteaba sus dedos), "no todas pueden apretar a voluntad".

Dulce preguntó que en qué demonios pensaba, con cuatro dedos metidos en su pucha. El autor regresó de pronto. Al final de la divagación, recordó todas las características de los penes que había enumerado una de sus novias, sin contar la mención a las películas porno, y sintió una punzada en las sienes y la imagen de una pared agrietada por la que agua escurría. Sí: sintió una imagen.

No contestó. Frente a ella, sin tocarla, comenzó a jalarse el pellejo para venirse sobre ella.

"Te voy a contar un secreto", dijo Dulce, y después gimió con un orgasmo de cuatro dedos y dos orificios.

Thursday, November 23, 2006

 

Notas al margen: el cuaderno del autor: escrito con tinta negra sobre hojas blancas delgadísimas

Un cuaderno ideal. La escritura atravesando transparencias, libro inerte asociando al paso del sol cualquier palabra en su camino. Escritura inútil, lectura mantra, repetición de sentidos vacíos anunciando un final que cierna la vida mientras corre. Un final. La mente perdió el sentido, cualquier palabra es igual que las otras.

Wednesday, November 22, 2006

 

comerciales

Si su señora no tiene las ganas de mirar de nuevo, use Hanern... ¿Viste cómo nos echaban los ojos?... Ahora, con ustedes... La zona inguinal de los seres humanos es la parte más... La ola de frío en la ciudad podría traer muertos en las... Si tenemos la ventaja de escupir, entonces la vida marina se prolongaría unos cuantos años más, de no ser por los... El libro de Willian Gibson rinde tributo a una canción del grupo de rock The Velvet Underground... Una lluvia de estrellas se espera para las zonas sur y centro del... (no dejes que nada termine)... La maravilla del sol es que durante el día la cantidad de radiación... No haya nada que ocultar a las democracias del mundo... Un elefante se columpiaba sobre la tela de una araña... Mira, José Guadalupe, el amor entre nosotros no puede renacer... Que me parta un rayo, jamás podría pensar semejante cosa... (no mires atrás)... La piel suave... Las comisuras... El viento de las noches... Camine sin miedo por la ciudad... Alcánzame el azúcar, mi vida... Un bloque apareció en las primeras horas del año nuevo... Es Protón... Cárgame, papi, cárgame... 'Si tú te vas'... Sexy, sex, sex, sexy... Y a la mitad de la calle, un niño... Quebró toda la parte frontal del cráneo con un objeto... Cállate, cállate, eres una... Siempre quiso cortar por lo sano... A ver, a ver, a mover... Psssssssssssssss... ()... ()...()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... (0... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... 9)... ()... ()... ()... ()l... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ())... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()... ()...

 

Uh

Por fin habíamos dormido juntos después de todos estos días. Cuando entró al departamento llevaba más ropa de la que solía usar. Primero pensé en el frío, luego pensé en el pudor. Después pensé en que era un mujer erótica, consciente de que la mucha ropa provoca un cachondeo aún más grande entre las personas desesperadas. Le pregunté si quería quedarse a comer conmigo. Ella, compartiendo la intimidad como si fuera una hogaza de pan, dijo que sí. Preparamos algo. No necesitábamos hablar mucho, pero reíamos como si estuviéramos a punto de hacer una travesura. Los platos quedaron medio llenos porque a mitad de la plática ella insistió en que le contara el estado de mi vida emocional. Un samurai charro rebana un plátano en rodajas iguales con pocos movimientos. Después sucedió lo necesario. Pero al momento de contarlo no me salen las palabras, le dije al terapeuta. Fue bueno, como si ya no tuviera que ocultar nada. Sentía que mi pene estaba inerte entre los calzones, ando adormecido de calentura. Después quise masturbarme pero sentía que era inútil.

Unos días después regresó. Comencé a tener más cuidado con todo. Cuando vio que la casa no necesitaba aseo sonrió. Se quitó el abrigo y mostró un escote que remarcaba sus senos de una manera casi obsena. Te gusta, me dijo, me lo puse para que fantasearas un rato y después me cojas bien rico. La confianza de pareja irrumpió demasiado pronto entre los dos. Me entregué a sus juegos con gusto y después comencé a inventar los míos. Le dije que después del trabajo necesitaba escribir un reporte de actividades, que me molestaba mucho hacerlo. Talvez podrías venir y darme batería, le dije. Ella rió, cubriendo un poco su escote. Bueno.

Se inclinó hacia mí. Comenzó a morder mi entrepierna. Se sacó los senos del payasito negro y los mostró como si fueran dos penes gigantes. Me calentó. Me dijo que si no quería mamar. Me entregué a ella como una puta, obedeciendo a todo lo que me pedía. Me ordenó que le diera la espalda. Yo le pregunté para qué. Sentí un calor inusual en mi ano.

Thursday, November 16, 2006

 

VIVISECT

Soñó con una mujer, pequeña, de buenas curvas por todos lados, contenida en una piel aparentemente firme. Comenzaba a besarla, le sacó el pantalón sin soltar su lengua con los dientes. Ella respiraba en espasmos, abría más los ojos y los gruñidos se le engrosaban. Levantó los brazos de aquella y la puso contra una superficie fría por la que corría una fina capa de aire caliente, como un velo que no se debía traspasar por comodidad. Ya desnuda, él observó que sus costados habían sido rebanados con saña, como si le hubieran quitado carne para esculpirla. Las cicatrices flameaban através de su torso. Dijo "cógeme por favor". Él la puso de espaldas y abrio la raja de sus glúteos. Su hendidura se extendía desde la espalda baja hasta el frente en un amasijo de tumores rojos, negros y morados. Babeaba la entrada aquella como un animal sin clasificación. Él tomó su pene y comenzó a buscarle las entrañas con la carne, pero no entraba por más que recorría la raja viva. Ella seguía pidiendo que la cogiera, pero él no podía entrar.

Wednesday, November 15, 2006

 

El filo

Dulce vino unos días después a limpiar un poco la casa. No sería mucho trabajo pues el mayor desmán era una gaveta de la finada, revuelta en la sala, y un montón de papeles, algunos trastes sucios (los míos, la occisa había tenido la delicadeza de lavar los suyos en un arranque de pulcritud extraña que dejaba todo lo demás enlodado, como si un pequeño espacio prístino la eximiera de alguna culpa que no debía tener), y las ventanas. Pensé en decirle que no tocara los vidrios, me hubiera gustado saber cómo se veía la calle con las costras de cochambre, pero el exterior ya está de por sí muy sucio como para añadirle más porquería.

Dulce terminó de limpiar y me dijo que iba a irse, pero yo la detuve. "¿Sabes cortar el cabello, mujer?" Cada vez que decía mujer era obvio que deseaba más que la interlocución, quería tentar el agua y ver qué tan fría estaba, ver si podía entibiarla. Ella se me quedó mirando como si nunca le hubiera dirigido la palabra. Su cuerpo tenía buen ver. Los veintidos años llena a la mayoría de las mujeres trabajadoras de una salud firmísima. La primera vez que había pensado en ella sexualmente llevaba una playera de tirantes por la que se asomaba el brasier negro. La carne de ahí me atrajo, no había visto ni sus senos ni el culo. Resultó un gran espectáculo que me hizo sentir vergüenza. Su talle era aún más llamativo. No terminaba de ser esbelto ni mofletudo. Me llevo la mano a los huevos.

"Sí, pero no lo he hecho muy seguido. ¿Quiere que le corte el pelo?" Su mirada cambió. Antes nos habíamos tocado solamente para dar y recibir dinero, saludar. Estar cerca de los senos de una mujer, aun sentado, aun en la peluquería (estar cerca de un travesti con siliconas en la peluquería), debía ser una buena señal de que mi vida no estaba tan mal si una mujer que apenas conocía podía jugar con fuego de una manera tan sutil.

Y la película de mis fantasías comenzó a correr. Sonaron las tijeras. Me llevé los dedos a la nariz para ver si quedaba aún el aroma sudoroso, fuerte, del sexo de aquella.

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