El autor salió de viaje. Sus cuadernos permanecen abiertos sobre la mesa. La polla se le ha escaldado por tanta mordida y se siente feliz de tener la seguridad que provoca poder tocar la hendidura de un culo tenso. La vida es ahora, y ahora no sabemos nada del autor. Dibujamos un círculo rojo sobre la alfombra azul y esperamos que
ella guarde nuestro sueño para saber si el futuro es benéfico o susceptible de tomar la forma de la piedra enorme detrás de Indiana Jones.
PROCTORUL
Un pasaje cursi. Un poco de sexo. Dos mariachis cantando exitos noventeros. El autor escribiendo un telegrama para sí mismo. Un personaje de autoayuda por televisión. La casa sin cortinas. La señal del celular atravesando las bocinas de la computadora.
La tranquilidad de no tener nada que perder.
El autor quería escribir poesía, pero la noche no le bastaba para intentar blablazadas. Tomaba un tubo de pasta dental y embadurnaba su polla para sentir el efecto refrescante durante horas. Después de mucho arder su verga, escribía un verso que hablaba de una nave espacial inoculando un virus en la tierra. Los bosques pasmados, negrísimos, a mitad de la vida, acompañan el crecimiento sospechoso de un acero extraterrestre. Con el paso de los días, el brillo sospechoso a ras de tierra atraerá a la gente que morirá contra las astillas brillantes, como corderos en las lindes.
El autor se desnuda y encuentra un borde de la pared. Frota su ano contra la esquina fría para sentirse mujer.
En la primera pantalla, una mujer debora a un hombre con playera de franela. Muestra su turgencia como una niña orgullosa de haber hecho llorar a su primo que buscaba el misterio entre su falda. La banda, con las caras deformadas en vampiros fronterizos (Robert Rodriguez debe conocer a Polo Polo, o la reinteración por dos lados de la frontera debe ser una garantía de la leyenda), rasgan las entrañas de un hombre que debió haber metido mano a una chamacona que ahora lame la entrepierna de un cadáver que hace de banquete para seis. La música se desenfrena como un rockabilly lisérgico, indigesto, tirado del lado de "me vale verga el error, ábranse de patas". El vampiro fronterizo berrea como un metalero con ganas de coger.
Ring. ¿Fedex? Sí. Ese paquete ya tardó mucho, ¿no? Es que tenemos problemas, pero si desea podemos rastrearle el envío. A la verga: vamos a seguir con chingaderas.
(Pie de foto: un hombre de cuarenta años pide a su concubina muy amablemente la teta izquierda mientras él sostiene la vaselina con la derecha.) (No es chiste político.)
El autor sale de escena. El relato se suspende un momento y comienza la hora de los entremeses musicales. Por un lado tenemos a la banda que usaba cuerpos mutilados como instrumentos de cuerda en una película de horror que con el tiempo será de culto (sea lo que eso signifique). Por el otro, la banda musical sin vocalista que en un triángulo diminuto en la esquina de un sótano iluminado con luces rosas y rojas toca para amenizar una fornicación en vivo entre una putita curtida y una novata emborrachada. Las dos bandas se presentan en televisores distintos. Para cambiar el audio puede usted usar la mezcladora a un costado de su ordenador. Ambos números fueron grabados en tiempos distintos por directores impares. La música es distinta. Una habla del frenesí de la sangre y la otra del frenesí con sordera. Puede escuchar, si le acomoda mejor, el sonido de uno con el video del otro. Imagine, y eso es una orden: le ordenamos imaginar un momento precioso de su vida en bares de mala muerte similares a los de las bandas a sazón. Las palabras crípticas de un gordo leñador que hubiera leído a un escritor oscuro alejado de pensar en las palabras.
En esta parte de la narración sucedió algo que deberíamos cubrir con un pretexto de dos o tres párrafos, la escritura super adjetivada que recrea la consecusión de una idea abstracta tras otra, de esos textos que puede uno leer sin poner atención y recordar el último dolor del día... (póngalo aquí)... ese mismo.
Instantáneas del autor: Trabajo... dinero... desgaste emocional... la calle... el trabajo... los tiempos muertos... el aburrimiento... el hobby... (blink!)... EL H-O-B-B-Y.
Se abre una puerta. "No existía el tiempo", dice el autor a la mitad de su departamento con los dobleces de un hombre liberado a su suerte, "todas nuestras acciones impulsan el mundo". No sabemos qué desea decir porque, crealo o no, se ha ocultado en la parte más criptica de su persona. Si quisiéramos poner un pie en su lado ciego, como quien atraviesa un pentagrama después del rito para ver si el diablo anda suelto por la habitación, veríamos (vaya paradoja) una serie de diagramas cuya nomenclatura nos está vetada. Pensemos que en los días de trabajo del autor, que ha escrito un cuento largo sobre un viaje al desierto y a las cicatrices de su última pareja, ha cerrado el manuscrito con una línea horizontal, ha vendido su máquina, ha sido abandonado y ha encontrado a otra pareja (que parece comienza a tener miedo de pertenecer, con toda la ley de la expresión, a un hombre sin una cafetera eléctrica), en esos días de trabajo, decíamos, ha obtenido un poco de regularidad, relaciones personales hipoalergénicas (benditos sean los "buenos días" y "buenas tardes") y un hobby que nada tiene que ver con su computadora personal ni el apéndice (así le dice) que cuelga de entre sus piernas y reacciona bajo circunstancias de temperatura y presión extrañas.
No pudimos saber nada del asunto en este día. Vuelva a marcar más tarde. Quédese con dos bandas en monitores separados para amenizar algo que usted jamás hará.
Y aparte le dejamos una foto. Disfrute.