rebenque
Thursday, October 19, 2006
Dulce
El autor levantó la mirada. Se preguntó por su nombre. ¿Qué mierda de tipo esconde así a las personas?, pensó. Arrugó el papellito con la nota y comenzó a inspeccionar su derredor. Mucha mugre no había. Cada semana una chica pasaba a la casa para sacudir y barrer, poner las cosas en su lugar, siempre y cuando no fueran papeles. Esa era la única condición: si un papel está en algún lugar que al que no pareciera pertenecer, ahí debía quedar. La instrucción no había sido de él sino de ella. Desde hacía mucho tiempo se había encargado de llevar cuenta de todo lo que escribía. Pero era demasiado y en ocasiones dejaba todo en el lugar menos indicado: el baño, la cocina, la lavadora... Escribía casi todo el tiempo, mientras veían la tele, antes de dormir, durante el desayuno. Cuando cogía pensaba mucho, se le podía ver en la cara. La cosa no iría a ningún lado porque el autor no entendía de profundidades imaginarias o de poesía teórica. Son palabras más, palabras menos, decía él. Pero ella se aferraba con una convicción de activista que hacía decir a algunas personas cuán apasionada de su trabajo estaba. Es inútil, pensó él. De pronto la casa comenzó a llenarse de personajes estrambóticos. La mayoría de ellos vestía de cuero, llevaban gafas (todos) y hablaban muy fuerte. Cualquier espacio les quedaba chico. Por esas fechas, el autor comenzó un cuadernito sobre la tipología de cada persona nueva que llevaba su mujer a casa. La mayoría eran hombres. Las dos mujeres que por ahí se aparecieron no tenían muy buen ver. El pequeño estudio terminó diez páginas después, cuando se percató de que todos eran la misma persona y de que había unas vecinas nuevas que merecían una ayudadita con la instalación eléctrica.
La chica del aseo no había llegado ese día. La casa estaba mucho más tirada de lo normal porque su mujer (ya habían pasado varios días y él se empeñaba en decirle así) había revuelto algunos cajones para sacar todas las cosas a las que él no tenía acceso. Recorrió la habitación. Encontró un libro muy nuevo de Paulo Cohelo. Lo miró como si fuera una pista o una revelación de algo. Suspiró un momento. Luego tronó en una carcajada medio ahogada, pataleó con los pies en el aire y las nalgas en la cama y siguió riendo. Miró la portada. Volvió a reír. Hojeó un poco el libro.
Contuvo la respiración unos momentos. Tomó el teléfono. "Hola, ¿Dulce?... Supe que estás enferma... ¿cuándo vienes a recoger la casa, está hecha un mierdero?"
Colgó el teléfono. Puso una película. Con una canción de This Mortal Coil de fondo, Patricia Arquette murburaba entre la arena del desierto: "You'll never have me".
Tuesday, October 17, 2006
Al margen: Las notas: Ella:
quisiera tener menos problemas conmigo. los conflictos son una ilusión. lo que no parece ilusorio son las direcciones de las demás personas. cuando se nos ofrece todo, es normal tener miedo de la comodidad, de un carácter definitivo en nuestra vida. es mejor buscar, pero no luchar. la mente humana es como el cielo, enorme y siempre cambiante, se oscurecerá y reflejará la luz del lugar que acuna durante la noche.
yo no quiero sólo noche. quiero el día y los ventarrones, el sol quemante y la brisa.
no debe haber vencedores. no hay rendición.
lo siento.
Monday, October 16, 2006
Ring
Sonó el teléfono. ¿Bueno?, No voy a llegar a casa, lo siento. ¿Dónde estás?, Lo siento.
Sunday, October 15, 2006
Calma
El autor escribió un diálogo. Lo miró unos minutos y pensó en la pertinencia. ¿Quién dijo que el trabajo de escritor era el más libre? De seguro un pendejo romántico. Escribir es la cosa más esclavizada que existe. La garantía de poder hacerlo a la hora que sea es un consuelo de idiotas. El lenguaje es ya corsé muy apretado, dijo el autor mientras veía por la ventana una niña lamiendo una paleta roja con un globo en la otra mano. La niña miró hacia la ventana. Su mamá la jaló para atravesar la calle. La niña miraba hacia atrás sin dejar de verlo y soltó el globo para decir adiós. No lloró.
Se llevó las manos al pecho. Imaginó usar un corsé. Pensó en Yukio Mishima vestido como una mujer, con los músculos desbordándose por los tirantes del vestido y la mirada de ojos brillantes. Arrancó unas páginas de la sección blanca y comenzó a marcar los nombres de algunas mujeres. Sólo pudo hablar con dos. Las demás o no estaban o no comprendían el motivo de la llamada. "Hablo porque quería platicar con alguien y usted está en la sección blanca". Las dos mujeres resultaron ser muy muy jóvenes. Les parecía divertido perder su tiempo de esa manera. No hablaron de sexo. A una le gustaban las flores y a la otra las noches lluviosas. Las flores porque hay mucho colores y no todas son bonitas. Las noches lluviosas porque daban ganas de pasarlas con alguien. Pasaron cuatro horas. Talvez sea hora de trabajar, se dijo el autor, antes de que comience el mal humor. O tal vez debería coger un rato. Pero estaba desempleado y no sabía dónde estaba su mujer. ¿Qué haces cuando hay tiempo? Quemarlo como gas natural.
El arco iris
Ella gemía con las fuerzas de un levantador de pesas. Cada parte de su cuerpo demostraba una firmeza de no tener nada qué hacer más que respetar la carne. Nada de carne roja. Sólo sus senos se balanceaban en estertores con cada arremetida. Terminó la faena y recuperó lentamente el aliento. Miró al autor a los ojos. ¿Ya viste cómo nos miramos?, ¿Cómo?, No lo sé. Acarició su rostro, rió un poco. Parecía contenta de tener una cama segura y todos los elogios del mundo. Una mujer hermosa debería ser así, y no como el resto de mujeres hermosas, llenas de algo que impide a los hombres conocerlas a fondo, como una serpiente vacía. El autor conocía a su mujer, aunque siempre había logrado evitar el posesivo de "su mujer". Ninguno de los dos pertenecía a nadie, pero, en el momento de sentir el calor de los líquidos, negar que aquellas tetas eran de él o que la verga pulsante sólo podía coger así con ella, sería anticlimático.
Después del orgasmo regresaba al lugar de donde ella venía, alguno entre la soledad sin temperatura y la convicción de estar enamorada sin querer aceptarlo por miedo, y se levantaba, buscaba su ropa interior percudida y le daba la espalda al autor unos momentos. Él preguntaba si estaba bien, si quería más u otra cosa. Ella respondía volviéndose del encanto y sonriendo con paciencia. Él sabía que algo andaba mal desde el principio. Por eso había comenzado a escribir las historias negras. Una mujer muere atropellada después de ver a su novio con un ramo de rosas; una mujer muere violada en un campamento a la orilla del playa por un grupo de pescadores negros; una mujer muere en la carretera después de un viaje en el que no respondía los mensajes de nadie; una mujer se suicida dos semanas despúes de haber probado LSD; una pareja se odia para no olvidarse.
Cada semana las preguntas regresaban. Todas las dudas y el comienzo de cero. Y aún así algo había en ella. Hablaba de un daño que deseaba evitar y el tantísimo amor que sentía por la vida, mientras permanecía emparedada entre dos bloques de hielo brumoso.
Ella se levantó de la cama a tomar un poco de agua. El autor disfrutaba ese momento en el que la fragilidad tenía la cara de una niña que no sabe nadar luchando por salir a la superficie.
Thursday, October 12, 2006
Quejas
El autor dejó la habitación. Fue al centro de avisos oportunos para poner en venta su máquina. Escribió un texto corto para que apareciera gratis un día a la semana durante un mes y miró a su alrededor. El encargado le obsequió unos folletos y él miró a una mujer preciosa de cuerpo turgente que le pedía la hora a un greñudo unos metros más adelante. Pensó en la mujer que lo tenía pasando hambre desde hacía mucho tiempo y luego recordó a Vila-Matas. La soledad es un afrodisiaco de... ¿la imaginación?, ¿el suicidio?, ¿el hambre?, ¿la duda?, ¿la locura?... no recordaba... la soledad es un afrodisiaco nada más, ¿cuáles son los otros avatares de la soledad?... ¿la soledad es un afrodisiaco simplemente? Tengo ganas de mojar la galleta, dijo el autor, pero no sintió ningún tipo de excitación al pronunciar el eufemismo. Mejor repitió para sí mientras pasaba un camión de colegiales: quiero coger hasta que me arda la verga. Se sintió un poco más conectado con su interior pero la cosa no cambiaba muy radicalmente.
Avanzó unos metros más enfilado a una estación del metro para ver mujeres solitarias. Pensó en algunos argumentos para hablarles. De todos, el mejor había sido, "Hola, estoy pensando en si te gustaría pasar este rato juntos, sólo compañía" y dejar que las cosas se acomodaran por sí solas. El tiempo es necesario para cualquier tipo de revolcón. Tanto miedo tenemos al daño que necesitamos la garantía de la puerta trasera. El autor vió a unas jovencitas. Desitió cuando miró sus manos. ¿De verdad masturbarse disminuía la veta creativa?, ¿no sería hora de tener manos de licántropo?, ¿o patas de fauno?
Pensó en su mujer de nuevo. Envidiaba la seguridad que demostraba al salir caminando desnuda de la cama después de tener un orgasmo, tomar un vaso de agua, mirarlo desnudo y agotado, decir "te amo" con la frialdad de una mujer de axilas velludas. Pensó en lo cercano que estaba su ano de los labios vaginales.
Salió del metro. El sol apenas atravesaba la densa nubosidad gris. Quiso escribir un antipoema. Pensó. "Caras vemos/en la penumbra de las especies/ que preconiza la muerte/ como trofeo hereditario". Eso no es un antipoema, imbécil, se dijo como si fuera otra persona: es una desgracia. Por eso estás solo. No es verdad, se repitió como entrando de nuevo en sí, nadie está solo.
Al pasar la calle dos hombres luchaban, en el carril derecho, por una silla de metal para medir su hombría.
Tuesday, October 10, 2006
Hipo
Después de un tiempo las saliva se evapora al sol. Estancada. El cuerpo deja el movimiento. Todo alrededor sigue su marcha. La alegría del asunto es tener toda la esfera de las posibilidades al alcance. No hay sentido absoluto. En medio de la nada cualquier camino es importante. Alguien optó por no andar más.
El autor medía fuerzas con una regla y un pedazo de papel. Trazaba para ver hasta dónde llegaría su aliento, dónde terminaría por tirar los pulmones. No había ya mucho qué hacer. La maravilla de la vida es perder los alicientes y no darse cuenta. La pared permanecía agujereada por los golpes con la cabeza. Pensó en su padre. Un niño que tuvo la necesidad de abandonar la seguiridad, un niño que seguía maravillándose sin aceptarlo. Sus manos crecían como ampollas. No había nada y todo estaba infestado de consejos.
Sunday, October 08, 2006
Cohen
"Maneras de seguir andando" en un manual encontrado en la lagunilla, dijo el autor. Quisiera encontrar algo mucho más interesante en la turrutera de libros. Un cuate venía aquí seguido a buscar ediciones viejas de revistas de mujeres desnudas, que esas sí eran bellezas naturales y no mamadas. Algunas veces lo logró. Pero este manual es verdaderamente asombroso, siguió el autor; dice que para mantener una buena digestión uno debe procurar mover los brazos en sentido contrario a las piernas, derecha-izquierda, y al revés. Si desea tener mayor resistencia en el acto sexual, respire con la parte baja del abdomen mientras camina, y relaje los hombros. Si desea tener una memoria de elefante, respire de la manera antes indicada y cuente uno uno dos dos y así sucesivamente mientras inhala y exhala. Había muchas otras formas de andar: con los pies muy juntos para aliviar el estriñimiento, con zancadas largas para remediar la amenorrea, y con los brazos pegados al cuerpo para evitar la paranoia.
Algunos puestos más allá un estéreo tocaba a los Beach Boys, "Barbara Ann". Me acerqué, dijo el autor, y miré los viejos discos de vinyl. Deletreé la palabra mentalmente y pregunté al encargado si tenía algo de Leonard Cohen. El hombre me miró, hizo una mueca, de esas que los cineastas encuentran incómodas porque no saben cómo escribirlas en el guión, y se levantó de su lugar. Preguntar por un disco de Leonard Cohen en un puesto de la Lagunilla me parecía un rito de iniciado o un grito desesperado porque algo sucediera en mi vida, dijo el autor. El hombre, playera blanca y pantalones cafés, sacó una caja. Me hizo una seña para que me acercara y viera si algo me gustaba, dijo el autor. Había muchas cosas: un disco viejo de Satie por un cabrón que no conocía, el
What's Going On de Marvin Gaye, en donde lleva una gabardina de cuero con las solapas alzadas como preparado para la tempestad, y finalmente
The Future, un corazón azul con bordes, un colibrí y unas esposas de policía sosteniéndolo todo. Pregunté el precio. El hombre, con la mirada en otra cosa, talvez sobre los senos desbordantes de la vecina de puesto o las piezas de auto que llevaban dos jóvenes vestidos de blanco, contestó. No regateé.
En casa me tumbé en la cama unos momentos pensando en si existía en aquel manual un paso para contener los gases. Un grupo de coristas y una banda sencilla acompañan al cantante, como en un bar de luces de neón, esperando la paga de la noche y un buen pedazo de carne entre las piernas.
Things are going to slide, slide in all directions
Won't be nothing
Nothing you can measure anymore
The blizzard, the blizzard of the world
has crossed the threshold
and it has overturned
the order of the soul
El autor se levantó hacia la ventana. Corrió las cortinas.
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