El autor dejó la habitación. Fue al centro de avisos oportunos para poner en venta su máquina. Escribió un texto corto para que apareciera gratis un día a la semana durante un mes y miró a su alrededor. El encargado le obsequió unos folletos y él miró a una mujer preciosa de cuerpo turgente que le pedía la hora a un greñudo unos metros más adelante. Pensó en la mujer que lo tenía pasando hambre desde hacía mucho tiempo y luego recordó a Vila-Matas. La soledad es un afrodisiaco de... ¿la imaginación?, ¿el suicidio?, ¿el hambre?, ¿la duda?, ¿la locura?... no recordaba... la soledad es un afrodisiaco nada más, ¿cuáles son los otros avatares de la soledad?... ¿la soledad es un afrodisiaco simplemente? Tengo ganas de mojar la galleta, dijo el autor, pero no sintió ningún tipo de excitación al pronunciar el eufemismo. Mejor repitió para sí mientras pasaba un camión de colegiales: quiero coger hasta que me arda la verga. Se sintió un poco más conectado con su interior pero la cosa no cambiaba muy radicalmente.
Avanzó unos metros más enfilado a una estación del metro para ver mujeres solitarias. Pensó en algunos argumentos para hablarles. De todos, el mejor había sido, "Hola, estoy pensando en si te gustaría pasar este rato juntos, sólo compañía" y dejar que las cosas se acomodaran por sí solas. El tiempo es necesario para cualquier tipo de revolcón. Tanto miedo tenemos al daño que necesitamos la garantía de la puerta trasera. El autor vió a unas jovencitas. Desitió cuando miró sus manos. ¿De verdad masturbarse disminuía la veta creativa?, ¿no sería hora de tener manos de licántropo?, ¿o patas de fauno?
Pensó en su mujer de nuevo. Envidiaba la seguridad que demostraba al salir caminando desnuda de la cama después de tener un orgasmo, tomar un vaso de agua, mirarlo desnudo y agotado, decir "te amo" con la frialdad de una mujer de axilas velludas. Pensó en lo cercano que estaba su ano de los labios vaginales.
Salió del metro. El sol apenas atravesaba la densa nubosidad gris. Quiso escribir un antipoema. Pensó. "Caras vemos/en la penumbra de las especies/ que preconiza la muerte/ como trofeo hereditario". Eso no es un antipoema, imbécil, se dijo como si fuera otra persona: es una desgracia. Por eso estás solo. No es verdad, se repitió como entrando de nuevo en sí, nadie está solo.
Al pasar la calle dos hombres luchaban, en el carril derecho, por una silla de metal para medir su hombría.