rebenque

Saturday, September 30, 2006

 

Un punto y un aparte.

El autor se detuvo. Una luz detrás de él figuraba su perfil, como en las cintas donde no queda más que un sorbo de agua en la jarra o un cigarro encendido en el borde de la mesa. Miró los papeles. De entre las torres blancas de hojas comenzó a armar por última vez las memorias como había deseado que fueran. Pero nada podía ser demasiado grave. Lo único podría ser un sentimiento de verse en el reflejo de la ventana como alguien que extraña el aire del exterior, aunque apenas pueda respirar por el smog y le duelan los oídos del ruido percutivo que genera el transporte público. Tomó distancia de la mesa de trabajo y pensó un momento en el escozor de su ingle, imaginó a una mujer con grandes senos lamiendo su cuerpo con la parsimonia de una niña agotada por sus orgasmos múltiples. Después encendió la luz de la habitación: el desorden de los días se sumaba en basura y trastes sucios. Quería rayar el escrito con una luz, atravesar los folios con una lámpara con la ingenuidad de que el haz permaneciera en el blanco. En lugar de eso trazó una línea a mitad de la primera página. Fina línea negra. Pensó en tomar un abrigo del closet, pero cayó en cuenta de que el frío le haría bien. Las llaves. La cartera. Una imagen irreal de él destazando el escritorio con sus manos. La mirada impávida de esa foto que venía con el marco. La perilla. Los goznes. El pasador.

Afuera se repitió ochenta y cuatro veces que nunca estaba solo. Siempre tenía a su lado el llamado de las sirenas. El naufragio se aproximaba.

Wednesday, September 27, 2006

 

Solo

No podíamos mirar a ningún lado sin pensar que esa manía de nombrarnos en plural era ociosa. No hay nadie. Sólo yo y mis necedades. No hay nadie más caminando por el camino de asfalto que parece doblarse ante el sol, no hay nadie con más bolsas de plástico llenas de papeles con garabatos. Me detuve a ver algún animal. Los rayos solares blanqueaban el cielo sin nubes. Todo era claridad. Pensé que hacía mucho tiempo había amado sin tener que decir nada. Recordé las veces que fingía prestar atención a mi pareja. Muy pocas veces estuve ahí, probablemente cuando me pedía fornicarla o cuando reía como desaforada de su vergüenza mientras le mostraba a qué me refería con olvidar el nombre de la anatomía. Levantaba sus piernas y le mostraba que en el grado máximo de excitación, cualquier parte es semejante en valor erótico. Ella reía.

¿De qué manera me bajé de la fantasía de ser muchas personas? No lo sé, el repliegue es necesario a veces. Con unos kilómetros más comenzaré a escindirme de nuevo y no podré reconocerme. No hay cuarto ni quinto ni primero, me dije. Estamos solos.

Thursday, September 21, 2006

 

Tundra

El desierto es una especie de minimalismo magnificado. Montañas+Arena+Carretera+Cielo. Apenas podrías distinguir los pequeños detalles de la hierba rala y los colores rojos del cielo expandiéndose como un mantra de sobrevivencia, porque los hay de todos tipos, dicen los papeles: para mantenerse despierto en la iluminación, para combatir el miedo, para no abandonar nada. No abandonar nada. Ese mantra no lo conocemos. Me retrasé unos metros del grupo. Mire de nuevo atrás. El lunar de Ella regresó, no sus pechos, ni sus grlúteos, ni las piernas magras, sino la imagen del lunar en mi cabeza. En esos momentos la mente atraviesa el descampado de las emociones contraditorias y no puedes manejar el calor del cuerpo. De ella recuerdo sus manos frías, las risas políticamente correctas y la educación de su familia, empuñada por la costumbre de los modales y blandida como un arma medieval hacia la cabeza de quien se acercara a amar a alguien. El amor lo tenían en la punta de los dedos, y nada más. El pecho de la niña se abría como una branquea succionando el cariño de los amantes, pero no terminaba el proceso. Un día vas a estallar, mi amor, le decía. Lo sé, y reía a todo pulmón. Preguntaba si no era maravillosa la idea de explotar, imaginaba cómo esparciría las vísceras la explosión de sus pulmones repletos. No quedaría amor, le dije. Ay, ¿eso qué?, contestó.

Metros más adelante miré un animal que no había visto. Sus ojos era negrísimos y ocultaban su cuerpo aunque permanecía expuesto a la vista de cualquier depredador. No quiero recordar su piel. Comencé a llorar, como lo hacía ella, de una manera que cualquier otra persona tendería a negarse.

Tuesday, September 19, 2006

 

Tenía que desaparecer

El gran deseo del hombre es desaparecer, comenzó a recitar el primero mientras enfilábamos como enanos en la carretera hacia el desierto. Y nada tiene que ver con el deseo de muerte, decía el recitador que tomaba los pensamientos de una hoja de aquellas bolsas de basura enormes; todo se refiere a esa visión enigmática de la noche en que tenemos una certeza considerable y de pronto la olvidamos por completo; la vida no es el yugo que Budha pensaba, ni la esfera universal en todas partes; la vida es un torrente de... Cállate, dijo el tercero, pero no puedo seguir el orden de nuestros apodos, así que no estoy seguro de quién fue. Pensé en el abdomen plano de la última pareja que tuve, en cómo habíame enseñado el lunar en la parte baja de la cadera, asomándose por encima del pantalón. Luego recordé cómo hablaba demasiado, mientras en la realidad los cabrones seguían discutiendo sus pendejadas metafísicas. Sentía el calor del sol de mediodía en el rostro, las suelas derritiéndose en el asfalto y miraba algunos animales de la arena que nos miraban pasar como parte de un paisaje movible que se repetía cada cierto tiempo. Pero nosotros no veíamos el cambio, las montañas y el camino parecían lo mismo cada cuarenta minutos. Pensé en detenerme y dejar que siguieran, quedarme con los animales para reducir a aquellos a utilería.

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