El autor quería escribir poesía, pero la noche no le bastaba para intentar blablazadas. Tomaba un tubo de pasta dental y embadurnaba su polla para sentir el efecto refrescante durante horas. Después de mucho arder su verga, escribía un verso que hablaba de una nave espacial inoculando un virus en la tierra. Los bosques pasmados, negrísimos, a mitad de la vida, acompañan el crecimiento sospechoso de un acero extraterrestre. Con el paso de los días, el brillo sospechoso a ras de tierra atraerá a la gente que morirá contra las astillas brillantes, como corderos en las lindes.
El autor se desnuda y encuentra un borde de la pared. Frota su ano contra la esquina fría para sentirse mujer.