Salió del bar con la firme decisión de poner en tela de jucio si debía o no debía llamar a alguien por teléfono. Posiblemente sus amigos tendría algo qué hacer para ganar unos dineros. Vio pasar a una muchacha con un muñeco en los brazos. Le hablaba. Vio sus convers mugrosos y comenzó a seguirla. La muchacha hablaba con su muñeco sin pronunciar una sola palabra. Juntos, ella y el muñeco, hablaban mal de la gente y señalaban para juzgarlos a todos por una razón profundísima que debía estar haciendo nido entre sus convicciones futuras de mujer devora hombres. El autor la alcanzó en el semáforo com hombrecito andando en color verde. La miró. Ella suspendió el circunloquio con lo que resultó ser una muñeca viejísima con los ojos blancos de la fricción añeja contra las sábanas. La muchacha debía sentir la mirada del autor, por sobre su hombro, por sobre el aire escandaloso del centro. De pronto, la muchacha cerró los ojos y se entregó a la calle como una loca. Los coches mentaban madres, uno de ellos quedó a centímetros de la mujer. Las miradas se concentraron por un momento en la chica, el autor pensó en el morbo gratificante de sentir de nuevo la vida en situaciones completamente gratuitas y fútiles; se acercó a la muchacha para sacarla del arroyo ante un conato de bronca. Tomó su brazo para alejarla del altercado y saber qué demonios pensaba cuando bajó de la banqueta de esa manera, qué hacía, si necesitaba ayuda; pero cuando la chica tocó la banqueta de nuevo abrió los ojos y continuó hablando con su muñeca para agradecer al autor su gesto de preocupación. El autor preguntó por su nombre, pero la pareja extraña seguía en un diálogo trascendental que bien podía haber significado la señal de sus días, el anuncio de que regresara inmediatamente a su cuarto para abandonarlo todo (como si para no regresar fuera necesario un titubeo que llevara el logotipo de las decisiones tajantes). Pero todo el misticismo y azar de la vida se habían ido en la máquina que había vendido, así que dejó las interpretaciones y miró a la pareja telepática mientras se perdián con más personas en la calle.
Pensó en su diario y en las colillas de cigarro que dejaba por todos lados cuando fumaba. En el lado contrario de la acera miró la entrada de una iglesia cerrada ya varios años atrás. Regresó a mirar su lado de la banqueta y leyó "se solicita hombre para trabajo de oficina". Sería mejor comenzar a trabajar de una buena vez. Se tocó los huevos para saber si todo estaba en orden. Imaginó el diálogo. Imaginó a la gente. Imaginó tener el poder del niño de la Dimensión Desconocida que logra, por un momento desaparecer al mundo.