En la primera pantalla, una mujer debora a un hombre con playera de franela. Muestra su turgencia como una niña orgullosa de haber hecho llorar a su primo que buscaba el misterio entre su falda. La banda, con las caras deformadas en vampiros fronterizos (Robert Rodriguez debe conocer a Polo Polo, o la reinteración por dos lados de la frontera debe ser una garantía de la leyenda), rasgan las entrañas de un hombre que debió haber metido mano a una chamacona que ahora lame la entrepierna de un cadáver que hace de banquete para seis. La música se desenfrena como un rockabilly lisérgico, indigesto, tirado del lado de "me vale verga el error, ábranse de patas". El vampiro fronterizo berrea como un metalero con ganas de coger.
Ring. ¿Fedex? Sí. Ese paquete ya tardó mucho, ¿no? Es que tenemos problemas, pero si desea podemos rastrearle el envío. A la verga: vamos a seguir con chingaderas.
(Pie de foto: un hombre de cuarenta años pide a su concubina muy amablemente la teta izquierda mientras él sostiene la vaselina con la derecha.) (No es chiste político.)