Después de muchos días el sol se había vuelto una especie de ente extraño para el autor. Tantos días encerrado no le habían dejado marcas de bronceado por ningún lado. El dinero se había agotado y la máquina de escribir había salido de la casa. Seguía llamando máquina de escribir la computadora portátil. Y sin embargo no podía quejarse demasiado. Había ganado la intimidad de una mujer y un olor distinto a sexo. Recordó su impresión la primera vez que su humor cambió a causa de las cogidas con su primer novia, la manera en que apestaba a su vagina aún después de bañarse. Debía salir de ahí.
Dulce llegaría más tarde. No había comida y el dinero no aguantaría más de dos o tres semanas. Aún así buscó un bar para meditar el futuro. Se dio una ducha con agua fría y salió con la decisión de ver qué pasaría ahora. Llegó a un bar en medio de casas de música. El sonido de una calle semejante parecía una fiesta ebria en la que todos los músicos se miran sin escuchar al otro y bajan del escenario por más alcohol para luego seguir exprimiendo su instrumento como si se tratara de animal independiente. El bar tenía las paredes pintadas de un verde viejo que aún se vendía para sorpresa del autor. Le dijeron "joven" y pidió una cerveza oscura. Abrió el periódico para encontrar trabajo. Venta por teléfono. Maquiladoras. Agentes de venta. Un maestro de computación. Masajes. Esa no sería una mala idea. Podría hacer algo que le gusta y al mismo tiempo tendría tiempo para pasear, conocería gente nueva y tendría más cosas en qué pensar. Pero inmediatamente le vino la imagen de una señora poderosa y amargada. Su cuerpo no podría estar tan dañado porque la vanidad de la socialité le habría hecho gastar una fortuna en emplastes y ginecólogos. Tuvo la visión del lifting vaginal en una señora de cincuenta años con dos perros negros enormes. El zumbido de su oído izquierdo regresó. Del pantalón sacó un cuadernillo en el que comenzó a rayonear algún dibujo. "Aquí tiene su cheve, joven". Miró a la calle y pensó en la ruleta rusa. ¿Cuándo terminarían estos pensamientos destructivos? ¿Serían pensamientos destructuvos? ¿Necesitaba a las mujeres para que le diera algo de sutileza a su vida? Alguna vez una mujer, a quien intentaba fornicar por primera vez, le dijo que él mismo debía disfrutar su cuerpo; ella misma se pasó sus manos por los senos y el cuello para darle una muestra de autoerotismo. La cerveza estaba helada.