rebenque

Saturday, November 25, 2006

 

Confiancitas

Quería una confesión. Cuando preguntas cualquiera de esas cosas delicadas con la mano secándote la entrepierna y los ojos de ella en tu pubis, sabes que así se miden las confianzas, pensó el autor. Le dijo que cualquier confesión a estas alturas serviría de algo. Ella se le quedó mirando al pubis mientras él levantaba los brazos para secarse las axilas. Así, sin decir nada, ella abrió las piernas, se acercó al borde de la cama y comenzó a buscárse el clítoris con los dedos humedecidos en saliva. El autor siguió pasándose la toalla por el cuerpo. Por un momento trató de hacer una comparación entre esa vagina y las demás. Cuando una de aquellas, que podían contarse con los dedos de una mano cercenada en un charco grasiento, sintió curiosidad por saber si su cosita era distinta a las demás, él tuvo que pensar rapidísimo, hacer un recuento que no fuera muy largo para evitar herir susceptibilidades. Cuando coges (porque faire l'amour es un galicismo) es cuando más susceptible de ser jodido eres. Una palabra fuera de lugar puede costar la repetición honerosa de una actitud que taladrará tu respeto por el resto de la vida. A menos que seas psicomago.

El autor pensó en otras vaginas. Unas tenían la carne muy pegada al hueso; otras, a pesar de que la mujer fuera delgada, tenían carne suficiente como para hacer cambiar de opinión al contemplante y pasar horas mordiéndola, sorprendido de ese placer acolchonado, la mano de ella sintiéndo sus labios mientras el hombre se atraganta.

"Mi amor, tu vagina es riquísima", le dijo el autor a la preguntona remembrada (remembrada porque en el recuerdo del autor, ella tenía de nuevo el animal adentro mientras Dulce lengueteaba sus dedos), "no todas pueden apretar a voluntad".

Dulce preguntó que en qué demonios pensaba, con cuatro dedos metidos en su pucha. El autor regresó de pronto. Al final de la divagación, recordó todas las características de los penes que había enumerado una de sus novias, sin contar la mención a las películas porno, y sintió una punzada en las sienes y la imagen de una pared agrietada por la que agua escurría. Sí: sintió una imagen.

No contestó. Frente a ella, sin tocarla, comenzó a jalarse el pellejo para venirse sobre ella.

"Te voy a contar un secreto", dijo Dulce, y después gimió con un orgasmo de cuatro dedos y dos orificios.

Comments:
Necesito tiempo a solas...
 
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