El autor levantó la mirada. Se preguntó por su nombre. ¿Qué mierda de tipo esconde así a las personas?, pensó. Arrugó el papellito con la nota y comenzó a inspeccionar su derredor. Mucha mugre no había. Cada semana una chica pasaba a la casa para sacudir y barrer, poner las cosas en su lugar, siempre y cuando no fueran papeles. Esa era la única condición: si un papel está en algún lugar que al que no pareciera pertenecer, ahí debía quedar. La instrucción no había sido de él sino de ella. Desde hacía mucho tiempo se había encargado de llevar cuenta de todo lo que escribía. Pero era demasiado y en ocasiones dejaba todo en el lugar menos indicado: el baño, la cocina, la lavadora... Escribía casi todo el tiempo, mientras veían la tele, antes de dormir, durante el desayuno. Cuando cogía pensaba mucho, se le podía ver en la cara. La cosa no iría a ningún lado porque el autor no entendía de profundidades imaginarias o de poesía teórica. Son palabras más, palabras menos, decía él. Pero ella se aferraba con una convicción de activista que hacía decir a algunas personas cuán apasionada de su trabajo estaba. Es inútil, pensó él. De pronto la casa comenzó a llenarse de personajes estrambóticos. La mayoría de ellos vestía de cuero, llevaban gafas (todos) y hablaban muy fuerte. Cualquier espacio les quedaba chico. Por esas fechas, el autor comenzó un cuadernito sobre la tipología de cada persona nueva que llevaba su mujer a casa. La mayoría eran hombres. Las dos mujeres que por ahí se aparecieron no tenían muy buen ver. El pequeño estudio terminó diez páginas después, cuando se percató de que todos eran la misma persona y de que había unas vecinas nuevas que merecían una ayudadita con la instalación eléctrica.
La chica del aseo no había llegado ese día. La casa estaba mucho más tirada de lo normal porque su mujer (ya habían pasado varios días y él se empeñaba en decirle así) había revuelto algunos cajones para sacar todas las cosas a las que él no tenía acceso. Recorrió la habitación. Encontró un libro muy nuevo de Paulo Cohelo. Lo miró como si fuera una pista o una revelación de algo. Suspiró un momento. Luego tronó en una carcajada medio ahogada, pataleó con los pies en el aire y las nalgas en la cama y siguió riendo. Miró la portada. Volvió a reír. Hojeó un poco el libro.
Contuvo la respiración unos momentos. Tomó el teléfono. "Hola, ¿Dulce?... Supe que estás enferma... ¿cuándo vienes a recoger la casa, está hecha un mierdero?"
Colgó el teléfono. Puso una película. Con una canción de This Mortal Coil de fondo, Patricia Arquette murburaba entre la arena del desierto: "You'll never have me".