El autor se detuvo. Una luz detrás de él figuraba su perfil, como en las cintas donde no queda más que un sorbo de agua en la jarra o un cigarro encendido en el borde de la mesa. Miró los papeles. De entre las torres blancas de hojas comenzó a armar por última vez las memorias como había deseado que fueran. Pero nada podía ser demasiado grave. Lo único podría ser un sentimiento de verse en el reflejo de la ventana como alguien que extraña el aire del exterior, aunque apenas pueda respirar por el smog y le duelan los oídos del ruido percutivo que genera el transporte público. Tomó distancia de la mesa de trabajo y pensó un momento en el escozor de su ingle, imaginó a una mujer con grandes senos lamiendo su cuerpo con la parsimonia de una niña agotada por sus orgasmos múltiples. Después encendió la luz de la habitación: el desorden de los días se sumaba en basura y trastes sucios. Quería rayar el escrito con una luz, atravesar los folios con una lámpara con la ingenuidad de que el haz permaneciera en el blanco. En lugar de eso trazó una línea a mitad de la primera página. Fina línea negra. Pensó en tomar un abrigo del closet, pero cayó en cuenta de que el frío le haría bien. Las llaves. La cartera. Una imagen irreal de él destazando el escritorio con sus manos. La mirada impávida de esa foto que venía con el marco. La perilla. Los goznes. El pasador.
Afuera se repitió ochenta y cuatro veces que nunca estaba solo. Siempre tenía a su lado el llamado de las sirenas. El naufragio se aproximaba.