El desierto es una especie de minimalismo magnificado. Montañas+Arena+Carretera+Cielo. Apenas podrías distinguir los pequeños detalles de la hierba rala y los colores rojos del cielo expandiéndose como un mantra de sobrevivencia, porque los hay de todos tipos, dicen los papeles: para mantenerse despierto en la iluminación, para combatir el miedo, para no abandonar nada. No abandonar nada. Ese mantra no lo conocemos. Me retrasé unos metros del grupo. Mire de nuevo atrás. El lunar de Ella regresó, no sus pechos, ni sus grlúteos, ni las piernas magras, sino la imagen del lunar en mi cabeza. En esos momentos la mente atraviesa el descampado de las emociones contraditorias y no puedes manejar el calor del cuerpo. De ella recuerdo sus manos frías, las risas políticamente correctas y la educación de su familia, empuñada por la costumbre de los modales y blandida como un arma medieval hacia la cabeza de quien se acercara a amar a alguien. El amor lo tenían en la punta de los dedos, y nada más. El pecho de la niña se abría como una branquea succionando el cariño de los amantes, pero no terminaba el proceso. Un día vas a estallar, mi amor, le decía. Lo sé, y reía a todo pulmón. Preguntaba si no era maravillosa la idea de explotar, imaginaba cómo esparciría las vísceras la explosión de sus pulmones repletos. No quedaría amor, le dije. Ay, ¿eso qué?, contestó.
Metros más adelante miré un animal que no había visto. Sus ojos era negrísimos y ocultaban su cuerpo aunque permanecía expuesto a la vista de cualquier depredador. No quiero recordar su piel. Comencé a llorar, como lo hacía ella, de una manera que cualquier otra persona tendería a negarse.