El gran deseo del hombre es desaparecer, comenzó a recitar el primero mientras enfilábamos como enanos en la carretera hacia el desierto. Y nada tiene que ver con el deseo de muerte, decía el recitador que tomaba los pensamientos de una hoja de aquellas bolsas de basura enormes; todo se refiere a esa visión enigmática de la noche en que tenemos una certeza considerable y de pronto la olvidamos por completo; la vida no es el yugo que Budha pensaba, ni la esfera universal en todas partes; la vida es un torrente de... Cállate, dijo el tercero, pero no puedo seguir el orden de nuestros apodos, así que no estoy seguro de quién fue. Pensé en el abdomen plano de la última pareja que tuve, en cómo habíame enseñado el lunar en la parte baja de la cadera, asomándose por encima del pantalón. Luego recordé cómo hablaba demasiado, mientras en la realidad los cabrones seguían discutiendo sus pendejadas metafísicas. Sentía el calor del sol de mediodía en el rostro, las suelas derritiéndose en el asfalto y miraba algunos animales de la arena que nos miraban pasar como parte de un paisaje movible que se repetía cada cierto tiempo. Pero nosotros no veíamos el cambio, las montañas y el camino parecían lo mismo cada cuarenta minutos. Pensé en detenerme y dejar que siguieran, quedarme con los animales para reducir a aquellos a utilería.