No podíamos mirar a ningún lado sin pensar que esa manía de nombrarnos en plural era ociosa. No hay nadie. Sólo yo y mis necedades. No hay nadie más caminando por el camino de asfalto que parece doblarse ante el sol, no hay nadie con más bolsas de plástico llenas de papeles con garabatos. Me detuve a ver algún animal. Los rayos solares blanqueaban el cielo sin nubes. Todo era claridad. Pensé que hacía mucho tiempo había amado sin tener que decir nada. Recordé las veces que fingía prestar atención a mi pareja. Muy pocas veces estuve ahí, probablemente cuando me pedía fornicarla o cuando reía como desaforada de su vergüenza mientras le mostraba a qué me refería con olvidar el nombre de la anatomía. Levantaba sus piernas y le mostraba que en el grado máximo de excitación, cualquier parte es semejante en valor erótico. Ella reía.
¿De qué manera me bajé de la fantasía de ser muchas personas? No lo sé, el repliegue es necesario a veces. Con unos kilómetros más comenzaré a escindirme de nuevo y no podré reconocerme. No hay cuarto ni quinto ni primero, me dije. Estamos solos.