Mientras las miradas permanecían aferradas a las bolsas de plástico negro con todas las cuartillas escritas durante meses de no leer ni siquiera los periódicos, o los anuncios poblucitarios, un gran camión negro se fue acercando con las luces altas hasta detenerse frente al primero. El quinto se acercó al vehículo y lo acarició como si tocara una pared de ladrillos grumosos. "Qué haces, pendejo?", pregunté medio enojado y medio despierto por fin. No me contestó. El primero nos indicó que si no era en ese momento no sería jamás. "Es él?", preguntó el segundo. "Sí, es él".
Arriba del camión comenzamos a hablar sobre los pueblos que había visitado. Yo no había visto más que rayas y nombres que ni siquiera tratando hubiera podido memorizar, o llenarles de sentido, o relacionarlos con alguna cosa; como si mirara caracteres cirílicos o ideogramas. Nada tenía sentido. "Lo que pasa es que no miran así", dijo el conductor de cejas ridículamente pobladas. Entonces dejó un momento el volante del camión de pasajeros que en ese momento trasladaba sólo a nosotros y un perro con una pata. Metió las manos debajo del asiento y sacó un garfio, lo acercó a los ojos y comenzó a rasgar su párpado izquierdo hacia arriba. "La verdad no termina de entrar ni por tus ojos tan abiertos, pero comprendes queno pasa nada si la deformas porque sigue pasando lo mismo: tú deforma cuanto quieras y aún así queda suficiente para que los demás vean lo que quieran."
El cuarto dijo que tenía que ir al baño pero nadie le prestó atención. Abrió una ventana y comenzó a orinar hacia afuera, dejando una estela ácida en el costado del camión.