Después de la cena convenimos en tratar de amasar todos los papeles de las bolsas negras de una vez por todas. El segundo preguntó que si era eso lo necesario en realidad, tener todos los papeles juntos con las ideas abortadas y un camino cada vez más negro que era la carretera apuntando como a un hoyo prolongado en un intestino, sin esfínteres, tracto largo intertminable. Todos los papeles, dijo el cuarto, se quedan en las bolsas hasta que amanezca, las humedecemos con la niebla de la mañana y hacemos la esfera. El tercero levantó un poco la cabeza, nos miró, se tocó los testículos para ver si aún seguían ahí, y sacó un papel de la bolsa. Los demás nos sentamos en el arcén, después de veinte minutos de haber dejado el merendero atrás. El tercero permaneció de pie y comenzó a leer con la voz lenta y pastosa de un ebrio; después, la voz de un retrasado mental, tragándose las letras, leyendo como a saltos de renglón; después, con los brazos levantados, la hoja flotando en el aire y nosotros ignorándolo cada vez más. Cuando supimos que el tiempo de la noche se haría más largo conforme el tercero siguiera escribiendo, optamos por callarlo de una vez por todas y pensar en la tontería de creer que nosotros ponemos en marcha las horas, y que cada estado de ánimo tiene la forma de lastrarnos la paciencia. El segundo lo pateó en la espinilla izquierda y el tercero comenzó a llorar desconsoladamente, gritando a ratos que necesitaba a su madre, que por el amor de Dios lo lleváramos a con su madre. De pronto se calló, terminó el lloriqueo como si jamás hubiera comenzado. Se arrodilló al final de la línea que formábamos, miró en sentido contrario a nosotros, dando la espalda a la carretera, sacó su pene y se masturbó.
-Ten el miedo.
-Ya lo llenaste de saliva.
-Mi vida se podría cambiar por el estrago de la corriente eléctrica.
-La maravilla de la tierra es su ciencia.
-La mente vacía con sangre se colma.